SÓLO FUE ESO

SÓLO FUE ESO

Editorial:
AUTOR/EDITOR
Año de edición:
ISBN:
978-88-9384-914-2
Páginas:
254
Encuadernación:
Bolsillo
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En su obra Theories of attraction and love (1971), Elaine Hatfield, psicóloga y profesora de la Universidad de Hawai se atrevió -no sin generar controversia- a hablar del ‘amor apasionado’. Hatfield sostenía que el amor apasionado se caracteriza por el “intenso anhelo de unirse con otro (u otra)”, quien monopoliza los pensamientos y cerca del cual se necesita estar. Paradójicamente o, tal vez, cruelmente, la intensidad del sentimiento no es garantía de que sea mutuo. Esta modalidad de amor apasionado es aquella que la académica define como ‘amor no correspondido’, y puede ocurrir cuando no existe reciprocidad o cuando algo (o alguien) obstaculiza la unión de los amantes. En ambos casos se experimenta desesperación, ansiedad y soledad. En contraposición, o tal vez complementándolo, figura el ‘amor compasivo/compañía’, que se basa y se construye con amistad, ternura y compromiso; del mismo modo que el ágape griego. El amor de Lucía por Daniel está en un punto intermedio. Ella ha hecho una promesa y la mantendrá, sin importar qué ni cuánto tiempo pase. Mas este no es el amor de Florentino Ariza y de Fermina Daza. Esta es una relación que viaja por distintos lugares de la geografía española, incluso llega a Brasil, y trasciende la dimensión temporal. No en vano Lucía dice: “Amantes de nuevo, quien sabe si éramos los mismos, encontrados a través de los tiempos. Quién sabe si éramos otros distintos, impulsados por aquellos vestigios. Quién sabe si estábamos destinados a curar viejas heridas”. En esta, su tercera obra, la escritora española María Barros García nos hace testigos y cómplices de un idilio caracterizado por un diálogo constante, a medio paso del monólogo y del tono epistolar. El estilo es totalmente íntimo. Lucía no se guarda nada. Su honestidad es absoluta. Quizá no sea ausencia de pudor sino exceso de candidez lo que le permite desnudarse y dejarse desnudar. El clímax se construye, poco a poco, a fuego lento; hasta llegar a un ‘final’ que no deja sino dos signos de interrogación. Al final, nadie, ni siquiera la misma Hatfield, dijo que el amor fuera racional o lógico